martes, 14 de julio de 2015

El economista siempre antepondrá los intereses del patrono a los intereses del trabajador, bajo el precepto insoslayable que si al patrono le va bien, a la sociedad también y por tanto al individuo, más allá que esto sea cierto (aunque no necesariamente único), lo inquietante es
que este es un postulado absolutamente incontrovertible para él.

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